Melani Fernández
Las semanas en Estambul se habían evaporado como el vapor del té sobre el Bósforo. No había tenido tiempo ni de comprarme un par de pendientes; mi vida se resumía en el trayecto del apartamento a la oficina y de la oficina al puerto. Aras había sido impecable al proveerme de todo: un vestidor lleno de seda y cortes perfectos, zapatos que nunca habría elegido pero que me hacían caminar con autoridad, y un auto que rugía con la fuerza del acero que exportábamos. Sin embargo, en