El Mercedes negro de los Köksal se detuvo frente a la escalinata de mármol con una precisión silenciosa. Aras esperaba junto a la entrada, proyectando una serenidad imperturbable mientras, en el fondo, la tensión le anclaba las manos al fondo de los bolsillos. El viento del Bósforo agitaba los faldones de su abrigo, pero él no sentía el frío; su mente era un hervidero de advertencias. Sabía que, tras las puertas de madera tallada, su madre y sus tíos ya habían afilado sus lenguas.
Cuando el c