El silencio que siguió a la presentación de Aras se asentó sobre la porcelana de la mesa como un bloque de granito. La frialdad de su voz, despojada de cortesía hacia Sibel Karaman, no se quedó en el desplante; trazó una frontera que nadie allí se atrevería a cruzar. A su derecha, Orhan Bey apretó su copa con tal fuerza que el vino tinto cimbró, devolviendo el reflejo de la lámpara como sangre agitada. La emboscada social de los tíos acababa de chocar contra el muro de acero que Aras levantó al