MARIANA MONTOYA

ALEJANDRO

En el momento en que dijo esas palabras, mis manos se quedaron congeladas sobre la mesa, y luego mis ojos se abrieron de par en par mientras mi corazón comenzaba a latir cien veces más rápido de lo normal.

—¿Qué acabas de decir? —preguntó Diego, dándose cuenta de que me había quedado sin palabras.

Ella no dijo nada, solo sollozó.

—¡Señorita! —espeté, perdiendo la calma de repente—. ¿Sabes la gravedad de lo que acabas de decir, verdad?

Comenzó a llorar.

—Yo… yo lo sabía… n-nadie me iba
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