ALEJANDRO
El silencio que siguió a esas palabras era del tipo que no pedía ser llenado; su voz seguía repitiéndose en mi cabeza.
—Los Montoya lo empezaron todo.
La miré, incapaz de creer que la mujer que se sentaba a nuestra mesa, que vio crecer a Javier bajo el techo de Don, que lloró durante años por Armano… o al menos eso creíamos.
—¿Qué fue exactamente lo que empezó? —mi voz salió más baja de lo que esperaba.
No se inmutó; solo inclinó ligeramente la cabeza y dejó que algo frío se instalara