Desperté con el estruendo del timbre como si me hubieran lanzado una alarma de incendio directo a los sueños. Me incorporé de golpe, el cabello aún cubriéndome la mitad de la cara y mi ridículamente corta pijama temblando ante el ataque del aire frío. Estaba claro que mi dignidad no se había despertado conmigo.
Otra noche más en la habitación de Daylon. Técnicamente tenía la mía, con velas aromáticas, sábanas de lino y una planta que ya se había muerto dos veces. Pero la de él tenía algo que la