Después de soltar la épica frase “quiero el divorcio”, caminé hacia mi Corvette estacionado lejos de la pequeña multitud, con pasos firmes y rápidos. La oscuridad de la noche parecía querer tragarme, pero no me importaba.
Mia me seguía en silencio, sus pasos tan apurados como los míos.
—Lylah... —susurró, apenas audible.
Me detuve frente a la puerta del copiloto, mientras ella caminaba hacia la del conductor. La miré sin emoción, las lágrimas aún secándose en mis mejillas como cicatrices mal