Sucedió lo que Adam quería: no pude ver a Nathan en la fiesta de compromiso de su prima Gia, y mucho menos hablarle. Y tampoco tuve forma de ponerme en contacto con él, para preguntarle cómo estaba, qué hacía allí y, peor, en compañía del aborrecible medio hermano de mi esposo, Israel.
Yo no tenía sentimientos reprimidos por Nathan; lo nuestro nunca comenzó verdaderamente, aunque, aun así, Adam tomó una actitud aún más territorial conmigo, al grado de no volver a llevarme a ninguna fiesta o cena