Irene fue despertada por el sonido del teléfono. Al moverse, sintió su cuerpo como si estuviera deshecho, especialmente la parte detrás de las rodillas, que estaba adolorida y hinchada, como si un coche la hubiera atropellado. El teléfono seguía sonando, así que se dio la vuelta y lo tomó, respondiendo con una mirada aturdida:
—¿Julio?
Su propia voz la sorprendió; tenía la garganta ronca. Al escucharla, Julio preguntó de inmediato:
—¿Estás resfriada? ¿Tienes fiebre? ¿Te sientes mal?
—Un poco de