—Entonces, quédate quieta, yo me muevo. —Diego alzó una ceja.
Irene, enfadada, arrancó las sábanas y se envolvió en ellas.
Pudo oír que Diego se reía; todo su pecho temblaba. Irene sabía que era porque la estaba abrazando, por eso podía sentirlo. Incluso, si se acercaba más, podría escuchar su latido cardíaco.
Él estaba riendo, pero las lágrimas de Irene, sin saber cómo, se caían. Este hombre, lo que siempre había apreciado, había sido el goce físico.
Pero ella no. Ella quería su amor verdadero.