Diego estaba a punto de alcanzarla para abrazarla cuando escuchó sus palabras, y su movimiento se detuvo.
—¿No puedes dejar de ser tan sarcástica?
—Ve con prisa, de lo contrario no calmarás a tu amante. —Irene se volvió, dejándose caer de espaldas a él.
—¡Irene! —Diego la volteó directamente—. ¿No he trabajado suficiente? ¿Te has dejado energía para hablar así?
—¿Y si lo hago? ¿No me puedo dejar decir? ¿Qué, también te da vergüenza? —Irene, sin ceder, lo miró con furia.
—¿Tú, te has puesto celos