Ella no había terminado de hablar cuando Lola comenzó a llorar.
—Irene, todo es mi culpa, no le eches la culpa a Diego. Pero en cuestiones del corazón, no puedo controlarlo. Si quieres culpar a alguien, culpa a mí. Ya sea que me golpeen o me griten, lo aceptaré.
—¿Te trajeron para hacer lío? Ya te lo dije, tu boca puede quedarse callada. —Diego frunció el ceño y habló.
—¡Exacto! ¡Irene, qué cruel eres! —dijo Pablo desde un lado.
—El amor no tiene un orden de llegada, pero las personas sí tienen