37. Lo que siempre debimos ser: marido y mujer
— Kathia, Kathia… — canturreó Francesca, divertida — ¿sigues ahí, querida?
Kat sintió que sus piernas no responderían si se alejaba de la pared, así que recargó la espalda contra la misma y tomó una larga respiración.
— ¿Qué quieres? — gruñó entre dientes — ¿Dónde está Cassio?
— Oh, pero Kathia, si Cassio siempre ha estado seguro en mis brazos — le dijo con malicia, picardía en la voz —. Y para que veas lo generosa que soy, te enviaré una prueba. Revisa tus mensajes.
El aparato sonó con una nue