La desesperación lo impulsó a buscarla, a intentar explicar lo que sucedió, a mendigar su perdón. Nicolás la encontró esa mañana saliendo de su edificio, con su bolso al hombro y los ojos enrojecidos.
¿Había estado llorando por su culpa?
—Déjame explicarte —se interpuso en su camino, con su voz teñida de urgencia por aclarar la situación. Aunque quizá, no había mucho que aclarar. No se podía justificar lo injustificable—. Lo que viste... esa foto... no es verdad. Yo no quería enviarla. No sé có