Eran las tres de la mañana cuando por fin logró escuchar el chirrido metálico de la llave al girar la cerradura.
Alicia se levantó del sofá donde había estado esperando a que Nicolás apareciera.
Pero el hombre venía en un estado lamentable: olía a alcohol y estaba lleno de moretones. Se tambaleó con pasos pesados y arrastrados, la corbata estaba floja y la camisa arrugada.
—Nicolás, ¿qué pasó? —le preguntó con voz suave, tratando de no alterarlo más de lo que estaba, lo cual era de por sí ya