—¡Ay, lo siento! —exclamó la mujer con una sonrisa que apenas podía contener. Resultaba obvio, hasta para un ciego que estaba disfrutando de los resultados de lo que había causado—. ¡Qué descuidada soy! Perdón —siguió diciendo.
Augusto, el viejo amigo de su padre, observó la escena con el ceño fruncido. Parecía el tipo de persona que era capaz de despedir a alguien por un desliz semejante. Y si la empresa estuviera en una posición más sólida, entonces seguiría su ejemplo. El problema era que en