Regina terminó su discurso con una sensación de estremecimiento. Había dado todo de sí, había cuidado cada palabra y se había mostrado lo más segura y firme posible. Pero aun así, las miradas no eran para nada alentadoras.
Frente a ella, cinco hombres con trajes impecables la observaban con escepticismo, como si no fuera más que una pérdida de tiempo en sus apretadas agendas. Y ella comenzaba a sentirse justo así, porque ya sabía lo que venía a continuación; lo había estado escuchando demasiad