Regina, tan tranquila y feliz, observaba la ciudad por la ventanilla del auto, ajena a cualquier mal presagio, puesto que, en su mundo, en ese instante de vida, todo parecía ser simplemente perfecto. Su esposo, conducía con serenidad como siempre. Su mano, grande y cálida, sostenía la suya, un gesto que era bastante habitual entre ellos.
Él miraba al frente, concentrado en la carretera, pero su pulgar acariciaba suavemente el dorso de su mano, trasmitiéndole su amor profundo o lo que ella creyó