82. Solo eso
Rashel apenas había cruzado el umbral cuando lo vio.
Valerik estaba en la sala principal de espaldas, sin camisa, con el teléfono apretado entre sus dedos y la tensión marcándole los músculos del cuello y los hombros como si fuera una escultura viva de fuerza contenida. Su voz era brutalmente firme, ordenando, amenazando a sus hombres.
Rashel se detuvo en seco sin acostumbrarse del todo a que esa era su nueva vida, Valerik era su esposo y esta era su casa, el hogar que ambos crearían juntos.
Una