36. Mátame a besos
Rashel se había aferrado a él una vez que sus labios tocaron los suyos.
Aquel beso no fue suave, sino que fue crudo, desesperado, intenso, no era una despedida, sino que era una promesa a lo que iba a pasar después de qu él volviera, pero definitivamente no quería que se marchara, quería retenerlo.
Ambos ardieron.
Valerik tampoco estaba mejor, moría cada segundo sin su princesa cerca, ya ni siquiera necesitaba disimular la necesidad que sentía hacia ella.
De repente, Valerik la tomó del trasero