—Eso no puedo prometerlo —respondió, incómoda, moviéndose en el sillón, claramente avergonzada.
Él inclinó la cabeza, observando su nerviosismo, y dejó escapar una sonrisa ladeada.
—No digas eso, Sara.
—Estas cosas no son tan simples para mí como parecen serlo para ti —disparó, sintiendo arder el rostro.
—Lo sé —replicó, con una calma que la desarmó. —Me di cuenta.
Ella lo miró, confundida, pero no tuvo el valor de decir nada.
—Nunca habías vivido nada así antes, ¿verdad? —preguntó, directo, pe