Cuando se dio cuenta de que Sara había perdido el conocimiento, Humberto la sostuvo antes de que cayera al suelo. Con cuidado, la llevó hasta un rincón del establo, donde había heno esparcido, y la acostó allí, apoyando su cabeza.
—Lo siento mucho por esto, Sara… espero que algún día me perdones —murmuró, observándola aún inconsciente.
Por unos segundos, se quedó quieto, como si sopesara cada paso que vendría después.
Luego volvió a la pequeña mesa improvisada y empezó a deshacer la escena. Ret