El establo estaba silencioso cuando Sara llegó. La iluminación tenue hacía que el ambiente fuera aún más quieto, y el olor a heno se mezclaba con el aire fresco de la noche. Humberto estaba sentado cerca de unos fardos, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida, como si estuviera sumido en pensamientos profundos.
En cuanto la vio, se movió al instante. Hubo una leve tensión en sus hombros, pero hizo lo posible por actuar con naturalidad.
—Pensé que tal vez no vendrías —comentó,