Mientras caminaba por una calle oscura, siguiendo una dirección que un número desconocido me había enviado, oía el sonido de risas. No hacía falta mucho para reconocer esas voces. Conocía bien el timbre de Raquel y de Alessandro.
Seguí el sonido y los encontré. Estaban sentados en una mesa junto a un barcito callejero, escondido entre paredes sucias y postes débiles. Raquel estaba sentada en el regazo de Alessandro, mientras él le pasaba la mano por la espalda.
La escena me quemó por dentro. Un