Renato Salles
Aunque mi humor estaba lejos de ser el ideal, ver el pavor estampado en el rostro de la hermana de Raquel me produjo un placer sádico. Tragó saliva cuando mencioné a los perros y, sin decir nada más, desapareció de vuelta a la habitación como una cobarde.
Me quedé solo otra vez.
Tomé mi celular, que estaba en modo silencioso desde temprano. Las notificaciones explotaban: decenas de llamadas y mensajes de mi madre y de Fernando, mi amigo, queriendo entender qué había ocurrido en la maldita boda.
No respondí a ninguno de ellos. No tenía paciencia, ni ganas de explicar absolutamente nada. Todo lo que quería ahora era rastrear a los desgraciados de Alessandro y Raquel y destruir lo que fuera que quedara de ellos.
Raquel me dejó plantado en el altar. Y aunque hubiera logrado contener el escándalo, la humillación de ser abandonado y casi avergonzado delante de todos será una cicatriz eterna.
Pero no voy a descansar… no hasta verlos arruinados.
Entre los mensajes, leí también l