El trayecto hasta el hospital fue hecho en silencio, pero aunque quisiera, Maia no lograría abrir la boca en ningún momento, ya que la pobre mujer se sujetaba como podía para no dejar que el alma se le saliera del cuerpo. Théo veía la cara asustada que ella ponía y aceleraba el auto con gusto, solo para asustarla a propósito. Así, ella jamás se atrevería a pedirle un aventón otra vez.
Cuando llegó al hospital, intentó arreglarse el cabello como pudo, ya que Théo había elegido un descapotable pa