No era negable que Maia era una mujer bonita, pero los problemas de la vida hicieron que perdiera todo su brillo.
Cabello largo y liso, que ahora estaba iluminado, casi rubio. Sus ojos tenían un tono ámbar. Era alta y tenía senos abundantes.
Cuando se miró en el espejo al salir del salón, se dio cuenta de que aún existía una mujer atractiva debajo de toda aquella vida apresurada y agotadora; solo no sabía que la vería tan pronto.
Ahora, frente a Théo Campos, quien sostenía su mentón y la miraba