La sala subterránea del cuartel olía a humedad y a metal frío.
Dante la conoció antes de llegar. Mientras bajaban las escaleras, el cuerpo recordó ese lugar con la misma certeza tranquila con que había recordado el despacho, la habitación, el cajón lateral del escritorio. Sabía para qué se usaba esa sala. Lo supo antes de empujar la puerta.
Isabel estaba esposada a la silla del centro.
Dante entró primero. Se detuvo a tres metros y la miró.
Isabel lo miró a él.
Lo que cruzó por su cara no era a