La mansión estaba en silencio cuando Dante volvió.
Valentina no estaba dormida. La luz de la habitación seguía encendida, y cuando él empujó la puerta ella estaba sentada en la cama con un libro cerrado sobre el regazo que claramente no había estado leyendo.
Lo miró cuando entró.
—¿Cómo quedó? —dijo ella.
—Los hombres están posicionados. —Dante se sacó el saco. —Mañana temprano lo sabemos.
Valentina asintió. No preguntó más. Pero tampoco bajó la vista al libro.
Dante se desvistió en silencio. Cu