Valentina abrió la puerta de la habitación de Dante sin llamar.
Él estaba en el escritorio, con papeles delante y la lámpara encendida. Levantó la vista con esa calma suya que no era bienvenida, sino reconocimiento. Ya sabía cómo sonaban sus pasos; sabía que cuando ella abría una puerta así, había una intención detrás.
—¿Qué necesitás? —dijo él.
Valentina cerró la puerta. No respondió de inmediato. Se acercó despacio, con esa manera suya de moverse que no pedía permiso, y se detuvo al lado del