Eran las diez de la noche cuando Valentina subió.
Dante seguía en el despacho con el mensaje del número desconocido dándole vueltas en la cabeza y tres vasos de whisky sobre el escritorio, dos vacíos y uno a medias. Siguió trabajando o lo intentó.
Cuando subió cuarenta minutos después la habitación estaba en penumbra — la lámpara del lado de Valentina encendida, la del suyo apagada — y el aroma de un perfume dulce e hipnótico, que hacía que su autocontrol se apagara lentamente sin que él se per