El aire que se respiraba era pesado. La ruidosa alarma de la presión comenzó a sonar, y los gritos de los guardias para que los reos se levantaran inmediatamente resonaban cerca de su oído, junto con los golpes en los barrotes.
Era un día más, un día más de su infierno. Zoé se puso de pie en el espacio que usaba para dormir, porque esa piedra fría y dura no se le podría llamar cama. La realidad de la prisión era cruel y despiadada, y cada día parecía una repetición interminable de su condena.
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