Héctor sintió el pánico apoderarse de él mientras avanzaba hacia el almacén. Cada paso era una eternidad, el sonido de la explosión aún resonaba en sus oídos. El humo negro que se elevaba desde el edificio hacía que su corazón latiera con fuerza, llenándolo de una sensación de impotencia.
—¡Victoria!¡César! ¡Oliver! —gritó, tratando de abrirse camino entre los escombros y el humo.
A su alrededor, los demás miembros del equipo de rescate también corrían hacia el almacén, tratando de evaluar los