Liam entró en la habitación con el ceño fruncido, sintiendo ese presentimiento incómodo que nace en el estómago cuando algo no encaja.
Al abrir la puerta, encontró a Amara sentada al borde de la cama, con los hombros tensos, la mirada perdida y los ojos a punto de desbordarse en lágrimas. La luz tenue del atardecer entraba por la ventana y caía sobre ella, revelando el temblor en sus manos.
—¿Amara? —preguntó él con cautela.
Ella alzó la vista lentamente, como si la simple acción le costara un m