Liam entró en la habitación con el ceño fruncido, sintiendo ese presentimiento incómodo que nace en el estómago cuando algo no encaja.
Al abrir la puerta, encontró a Amara sentada al borde de la cama, con los hombros tensos, la mirada perdida y los ojos a punto de desbordarse en lágrimas. La luz tenue del atardecer entraba por la ventana y caía sobre ella, revelando el temblor en sus manos.
—¿Amara? —preguntó él con cautela.
Ella alzó la vista lentamente, como si la simple acción le costara un mundo. Sus labios temblaron un instante y luego extendió la mano.
Allí, sobre su palma, estaba la prueba de embarazo. Una simple pieza de plástico que, sin embargo, había cambiado todo.
—Un hijo, Liam… —su voz se quebró—. Estoy embarazada. Vamos a tener un hijo.
El silencio que siguió fue espeso, casi insoportable. Liam sintió que el aire se estancaba en su pecho. Él había imaginado este momento, planeado decírselo de otra manera, con calma, cuando estuviera preparado. Pero ahora las cartas estab