Sídney escuchó su teléfono sonar y su corazón dio un vuelco. Miró la pantalla: un número desconocido.
Dudó por un instante, pero algo en su pecho le dijo que debía contestar.
Al hacerlo, la voz al otro lado la congeló. Era él. Travis.
—¡Es mi hija, Sídney! —rugió con furia contenida—. Y no la dejaré contigo, ¿me oyes? ¡No puedes quedarte con ella!
Sídney apretó el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—Cierra la boca, cobarde —escupió, con voz temblorosa, pero llena