Sídney cerró la puerta con una calma que olía a tempestad. Sus manos aún temblaban, pero su rostro era una máscara de control.
Miró a la empleada que sostenía a la niña, la pequeña respiraba pausada, con los ojos a medio cerrar; la escena habría derretido a cualquiera, menos a ella —o eso se repetía como un mantra para convencerse—
—Llévala a dormir —ordenó Sídney con voz baja, cortante.
La mujer titubeó, la petición pesaba en el aire. Antes de alejarse, levantó la vista y preguntó con temor con