Amara volteó apenas su rostro cuando sintió que la presión en su brazo disminuía. El hombre que la sujetaba había aflojado su agarre por un segundo, quizá lo suficiente para que ella pudiera respirar, pero no para liberarse. Fue entonces cuando lo vio.
La sombra que se interponía entre ella y la salida no era otra que Ronald.
Su corazón se desplomó.
—¿Tú?… —susurró con una mezcla de horror e incredulidad, como si el universo estuviera jugando en su contra.
Ronald sonrió con ese gesto retorcido que siempre le helaba la sangre, una mueca que parecía más una amenaza disfrazada de cariño.
—Tenemos que volver, mi amor. —Su voz empalagosa la enfermó—. Ahora mismo te haré el amor, tendremos a ese hijo que tanto necesitamos… y ese niño será el heredero de tu fortuna.
Se inclinó hacia ella, su mirada brillando de codicia.
—Entonces… ¿Verdad que me pertenece algo de tu dinero?
Aquellas palabras fueron como un balde de hielo.
Amara sintió cómo el miedo se le clavaba en la garganta. Intentó empuja