La frente de Amelia se cubrió de un sudor frío que contrastaba con el calor sofocante que sentía en el pecho. No importaba en qué circunstancias había sido concebido ese bebé, ni el caos que rodeaba su matrimonio con Alessandro; era su hijo, una parte de ella, y en ese instante comprendió que ya lo amaba con una intensidad que la aterraba. Apretó los labios con fuerza, luchando por contener el llanto, pero las lágrimas ganaron la batalla y bajaron por sus mejillas como cascadas silenciosas. Un