En Milán
La residencia de Amelia permanecía en un silencio sepulcral que fue interrumpido de golpe. La puerta de la propiedad sonó con una insistencia agresiva. Rebeca se sobresaltó en la cocina. Se limpió las manos rápidamente con el delantal, dejando una mancha de harina, y caminó hacia el vestíbulo.
Al abrir con lentitud, el aire pareció enfriarse de inmediato. Berenice entró sin esperar invitación. Llevaba el cabello atado en un moño impecable, tan tirante que acentuaba la frialdad de sus f