Alessandro sentía un dolor profundo recorrerle las venas, un dolor agudo y asfixiante que no lo dejaba respirar. La desesperación y una tristeza infinita lo estaban consumiendo vivo desde el momento en que se llevaron a su mujer. La policía de Milán estaba haciendo su trabajo, desplegando patrullas y bloqueos por todas las zonas aledañas, pero no habían dado con el paradero de Amelia por ningún lado; era como si se la hubiera tragado la tierra. No sabían absolutamente nada de ella, y cada segun