La furgoneta se detuvo con un frenazo que hizo que Amelia se golpeara contra el metal frío del vehículo. Estaba mareada, con el corazón martilleando contra sus costillas, mientras la incertidumbre y el terror le nublaban el juicio. Sin previo aviso, las puertas se abrieron de par en par. Dos hombres encapuchados la sujetaron de los brazos con una fuerza brutal y, sin el menor rastro de compasión, la lanzaron hacia el interior de una habitación oscura.
El golpe fue seco y violento. Amelia sintió