Cuando Alessandro y Amelia descendieron del del yate, Zayed supo apenas los vio que algo había cambiado drásticamente. Alessandro caminaba con los dedos entrelazados con los de su esposa, ejerciendo una presión posesiva que no admitía réplicas, mientras su mirada proyectaba esa arrogancia gélida y letal que lo caracterizaba. El italiano no disimulaba su autosuficiencia; cada paso que daba sobre el muelle era un recordatorio silencioso de quién era el dueño de la situación y de la mujer que cami