Cuando Amelia abrió los ojos, sintió cómo el sol de Dubái se filtraba con una agresividad dorada a través de los cristales reforzados del camarote principal, coloreando su rostro con matices naranjas y rojizos. Se sentía tan ligera como una pluma, con los músculos relajados tras una jornada de intensidad física que le había dejado el cabello completamente desordenado sobre la almohada de seda y los labios notablemente hinchados por la fricción constante de los besos de Alessandro. Se sentó en e