Amelia pegó su espalda contra la mesa del recibidor, sintiendo la madera fría a través de la fina tela de su ropa mientras su corazón martilleaba con una violencia que le dificultaba respirar. Podía sentir el aliento de Zayed, denso y cargado de alcohol, invadiendo su espacio personal y filtrándose por su nariz. Los ojos del árabe, usualmente calculadores y serenos, estaban completamente inyectados en sangre, reflejando una inestabilidad que Amelia nunca le había conocido. La luz de la suite pa