Amelia sentía que las cuerdas le cortaban la circulación de las muñecas, pero el dolor físico no era nada comparado con la angustia que le oprimía el pecho al ver a su propia familia convertida en sus verdugos. Isabella la miraba con unos ojos azules que ya no reflejaban ni un solo rastro de la calidez que en el pasado finhua, sino un vacío helado y calculador. A pocos pasos, Vittorio y Beatrice observaban la escena con una tranquilidad macabra, como espectadores que disfrutan de cada segundo d