El tiempo corría en su contra y cada segundo se sentía como una gota de veneno cayendo sobre las esperanzas de Alessandro. En la habitación de la clínica de Milán, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Con las manos temblorosas por la adrenalina, Alessandro sacó su propio dispositivo y encendió la pantalla de rastreo global, enlazada directamente con la frecuencia del microchip oculto en el dije de rubí del collar de Amelia. El sistema tardó unos agónicos instantes en cargar, mostrando un