Alessandro se pasó la máquina de afeitar por el rostro con movimientos lentos y precisos, observando cómo la navaja eliminaba el último rastro de la espesa barba que había llevado durante su exilio en Rusia. Quería recuperar su antiguo aspecto, el del hombre implacable que dominaba los negocios en Milán. Tras lavarse la cara con agua fría, tomó la camisa de vestir negra que descansaba sobre la cama y se la colocó, sintiendo la textura de la tela de seda contra su piel. Se acomodó los puños con