Amelia abrió los ojos de golpe cuando dos golpes secos y contundentes en la puerta la sobresaltaron por completo, rompiendo el denso silencio de la mañana. Se incorporó con lentitud entre las sábanas desarregladas, frotándose el rostro con ambas manos mientras intentaba recuperar la noción del tiempo. Al moverse, notó de inmediato que el cuerpo le dolía de una manera peculiar, con un sutil y constante letargo en los músculos, pero al mismo tiempo se sentía extrañamente liviana, despojada de la