CAPÍTULO 70 — El silencio que se extraña
La casa de Betina tenía otros sonidos.
Carolina lo notó apenas cruzó la puerta, aun sin ver nada. El piso de madera que crujía distinto al del hospital, el eco más corto, el aire con olor a flores. Sonidos de casa. De esas casas donde nadie susurra porque no hace falta.
—Despacio, Caro —le dijo su madre—. Un escalón más… ahora sí.
Carolina apoyó la mano en el brazo de Ignacio y subió el último escalón con cuidado. Tenía los ojos cubiertos, como seguiría teniéndolos por varios días más, pero el cuerpo ya empezaba a reconocer el espacio. O eso creía.
—Gracias —murmuró.
Ignacio no respondió enseguida. Era de esos hombres que hablaban poco cuando sentían que sobraban las palabras.
Mauro había querido entrar. Había insistido, levantado la voz un poco más de la cuenta. Betina no cedió.
—Caro, vamos a nuestra casa, vas a estar más cómoda.
—Nunca voy a pisar esa casa —le dijo Carolina en un momento, con una firmeza que casi lo mandó a