CAPÍTULO — Lo que todavía no puede tocar
Gabriel entró esa tarde a su apartamento y encendió la computadora.
La casa estaba en silencio. Trancó la puerta con llave y se sentó en la cocina con un vaso de leche entre las manos. No se había sentido bien en todo el día: un malestar extraño en el estómago, poco apetito. Aun así, sabía que tenía que comer algo. Se preparó un par de panes con manteca y volvió a la mesa. Le dieron ganas de algo simple, casi infantil. Como si el cuerpo pidiera abrigo.
No prendió la luz principal. Solo la lámpara del escritorio.
La computadora ya estaba encendida. Las ventanas abiertas dejaban entrar la noche despacio, como si tampoco quisiera hacer ruido.
Se sentó.
Las cámaras aparecieron en pantalla una por una.
El living.
La cocina.
El pasillo.
La habitación.
La casa de Carolina.
No apretó play de inmediato. Se quedó mirando la imagen congelada unos segundos, como si necesitara prepararse. Como si, aun sabiendo que ella no podía verlo, sintiera q