CAPÍTULO — Lo que todavía no puede tocar
Gabriel entró esa tarde a su apartamento y encendió la computadora.
La casa estaba en silencio. Trancó la puerta con llave y se sentó en la cocina con un vaso de leche entre las manos. No se había sentido bien en todo el día: un malestar extraño en el estómago, poco apetito. Aun así, sabía que tenía que comer algo. Se preparó un par de panes con manteca y volvió a la mesa. Le dieron ganas de algo simple, casi infantil. Como si el cuerpo pidiera abrigo